Una abuela en Mislata (relato de Rafa Roca)

La mujer permanece de pie junto a un pilar. Contempla la posición de la mesa 4 con atención. No sabe qué ocurre ni quién tiene ventaja ni si falta mucho para que termine la partida. Tanto le da, esperará hasta el final y sea cual sea el resultado se comerá a besos a la más joven de los contendientes. Cuenta las piezas. Hasta hace un rato los dos jugadores tenían las mismas y también el mismo número de peones en el tablero, pero ahora no, ahora la niña tiene una torre más y un caballo menos. No sabe cómo interpretar la diferencia.

Empieza a cansarse. Si caminase lo llevaría mejor, pero quieta, el sobrepeso y los años le pasan factura a sus piernas. En la sala, en una de las paredes, hay una gran pantalla en la que aparecen seis tableros y frente a ella, como si se tratase de un cine, tres o cuatro hileras de butacones. Deben ser cómodos. Y algunos están libres. ¿Desde allí podrá ver la única partida que le interesa de las treinta que se están jugando en aquel confortable espacio en el que nadie habla? Se acerca a la pequeña platea y comprueba que sí, que queda al alcance de su vista la mesa número cuatro. Y la jugadora de las blancas está de espaldas. Mejor. Se sienta en el primer butacón de la tercera fila y en la pantalla no ve el nombre de su nieta junto a uno de los tableros.-Ah, claro, son algunas las partidas que se están jugando -deduce.
-No todas -le aclara el hombre de al lado a quien casi susurrando le ha preguntado para convencerse-. -Sólo son las primeras. También le explica que las blancas tienen calidad de ventaja sin compensación para su rival y que probablemente ganará la partida. Y le pregunta de dónde son, que no las ha visto en otros torneos valencianos y la chavala tiene un ELO alto para su edad.
-De Villablino, un pueblo de León -responde ella-, aunque vivimos en Oviedo. Estamos de vacaciones. A mi hijo y a mi nieta les habían hablado maravillas de este torneo y han venido a propósito para participar en él. Para ella es un premio por haber aprobado el curso con buenas notas. Así que mi nuera y yo, ya sabe, hemos venido con ellos. Estamos de vacaciones en la playa. Y encantadas, porque como me he enterado que dicen por aquí, “a on va la corda va el poal”. Por cierto, ¿eso del ELO qué es?
El hombre se lo cuenta por encima y se despide amablemente. -En otro momento se lo explico con mas detalle, señora. Es mi turno, también soy jugador.

Va a permanecer ahí, no quiere interferir en los pensamientos de su nieta, no sabe que ha ido a verla. Ni tampoco su padre, que asimismo estará jugando en cualquiera de las otras salas de ese gran edificio que durante una semana se convierte en templo del ajedrez. Nadie sabe de su pequeña travesura, la de llegar allí, pero ha valido la pena, no habían exagerado quienes les sugirieron a los suyos jugar el torneo de Mislata. Atrás quedan la mentirijilla a su nuera con el cafecito que iba a tomarse en una terraza del paseo marítimo y el atrevimiento de coger sola un taxi por primera vez en su vida. Y menos mal que no ha sido necesario indicarle al conductor la dirección. Le ha bastado con decirle “Al torneo de ajedrez que se está celebrando en Mislata.” Sólo eso. ¡Había salido del hotel sin saberla!
La temperatura es agradable, el aire acondicionado está como un buen arroz valenciano, en su punto, ni crudo ni pasado, no hace frío ni calor, pero aun así saca del bolso el abanico. Darse aire le ayuda a abstraerse. Y entonces cae en la cuenta de que su impulso puede disgustar a su hijo y poner en una situación incómoda a su nuera; se supone que se ocupaba de ella.
Y decide marcharse. Echa un último vistazo a la mesa donde juega su nieta y sale de la sala, cruzando los dedos para no encontrarse con su hijo.
Esa noche, en la cena, padre e hija estaban alegres, ambos habían ganado sus respectivas partidas. En los postres, mientras la comentaban, reproducían en una aplicación del teléfono la que había jugado la niña.
-Yo sé por qué has ganado -dijo la abuela.
-¿Sí? -preguntó la nieta-.
-¿Por qué, mamá? -quiso saber el hijo.
-Porque la nena tenía calidad de ventaja.
Padre e hija, sorprendidos, se miraron incrédulos y la abuela, sin darles tiempo a hablar, añadió:
-Además, el ELO de la nena es muy alto para su edad, aunque, claro, la vitamina k40 tiene mucho que ver.
Y dirigiéndose a su nuera, le dijo:
-Isabel, pídeme un cortadito descafeinado de máquina, sin azúcar ni sacarina, y muy caliente que, aunque estemos en agosto, las buenas costumbres no hay que perderlas.


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